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México perdió por goleada ante Uruguay en amistoso de Fecha FIFA

El segundo interinato del técnico de Tigres al frente del Tri comenzó con la tercera derrota en fila para el equipo. Suárez, estrella, marcó un doblete y una asistencia. Debutó Lainez.

No fue Houston, ahora, el balurate de la Selección Mexicana. Si el ‘futuro está aquí’, quizá ha llegado pronto. O quizá no, y seguimos en presente. La magia de Suárez (o su sadismo, según se vea) fue un bautizo de fuego para el parvulario del ‘Tri’, la ‘nueva sangre’ que mucha sangre hizo en Houston. 1-4. Primera derrota en la ciudad desde 2005, tercera en fila, el primer descalabro de Ferretti en el timón de la Selección y los buenos augurios, enterrados. La ‘nueva era’.Muy cándido comenzó la rutina el Tri, como quien viaja a la cinta y comienza a andar, sudoroso a cada trote, para cumplir con el presupuesto de kilogramos a quemar en los primeros compases del año nuevo; eso, hasta que el nuevo año le abata, cinco días después. Oh, los bríos del nuevo comienzo. El aire fresco del amanecer vívido. La Selección México fue más que buenas intenciones, fue buen gusto e insolencia. Jonathan dos Santos, el metrónomo. Hirving Lozano y Elías Hernández, charros versados en la andadura y el dominio del lazo, patrulleros de terruños opuestos. Hernández, terrateniente de Santa Úrsula y la Noria, lanzó el primer atisbo invasión, Jiménez alargó el envío con la coronilla y Lozano, sobre la marcha, accionó el gatillo. Muslera probó, con éxito, sus nuevos guantes anti-balas. Le habrían venido de maravilla en Rusia.

No obstante, el fulgor de los primeros minutos tuvo el efecto de una inyección intravenosa de bebida energética mezclada con psicotrópicos. La fogocidad abrió paso a la morriña, la somnoliencia, pecados capitales para el uruguayo. Urretaviscaya accionó desde el córner derecho y Giménez, cabeza de martillo, convirtió un gol de rutina suya. De los que erizan la piel de Simeone y los acólitos del ‘Cholismo’. Flashback a Ekaterimburgo, minuto 90, vamo’ Uruguay-noma’, testarazo de autor a primer poste y tres puntos en el baúl. Acto seguido, Lozano retó a Betancour, lo llevó a romper el espacio-tiempo envueltos en verde, pero el uruguayo detuvo el viaje cósmico. O eso creyó el árbitro Elfath, quien preparó la masterclass de Jiménez llamada: “El penalti y la estética”. Es infalible, como la afición texana, los 50,000 abarrotaron las gradas del NRG. Los que perdonarán los gazapos de sus ídolos, gozarán con su inspiración y sufrirán en carne propia sus depresiones. La noche de viernes en Houston sería de las de segundo orden.

 

Los jugadores de la Selección Mexicana se lamentan tras la goleada 1-4 ante Uruguay en el amistoso de Fecha FIFA.

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Los jugadores de la Selección Mexicana se lamentan tras la goleada 1-4 ante Uruguay en el amistoso de Fecha FIFA.LARRY W. SMITH (EFE)

Una falta de Jonathan Dos Santos, ubicada sobre la línea del área grande, escorada al vértice derecho, fue el preludio del preciosista brochazo de Suárez: golpeó el cuero como Federer rebana la pelota para un ‘drop shot’ y dejarla muerta, inerte, del otro lado de la red. Ochoa recorrió su cabaña de extremo a extremo, a velocidad crucero, y ni así pudo encontrar la bala del ‘Pistolero’. El gol actuó como morfina para el Tri. Después, Cáceres trazó, Vecino fusiló a Ochoa y el guardameta evocó las tardes de Samara y Fortaleza: acostumbrado a soportar metralla. Pronto le llegaron más deberes: Angulo cargó sobre la espalda de Suárez y el ariete del Barcelona relució sus dotes artísticas sobre el círculo de pintura; su enternecedor ‘Panenka’ detuvo el tiempo en Houston, tanto que, arrodillado, Ochoa aún tuvo tiempo para girar la cabeza y apreciar la majestuosa parábola estallar como una bola de cristal sobre sus terruños. Elfath llamó a cuarteles después de exonerar a Giménez de crímenes punibles con un penalti por poseer mayor musculatura que Lozano.

Al Tri le pudo la pesadumbre y Ferretti, primero adusto y luego dicharachero, inyectó a Guzmán y a Alvarado como maniobra de reanimación. El remate de Erick Gutiérrez, custodiado por Giménez, con la cabeza en dirección opuesta al arco de Muslera, fue la confirmación de la depresión. Cinco días, decíamos. No, 45 minutos. Entonces, Urretaviscaya perforó el costado de Gallardo, Suárez embrujó la pelota, cruzó la pierna izquierda tras la derecha, volvió a detener el tiempo, una caricia como una puesta de sol, y el testarazo de pólvora de Pereiro despertó del letargo. Un poema de Benedetti. Cuando Suárez salió del campo, los abucheos, entremezclados, eran poesía: “Aprendamos la vida boca a boca / y usemos de una vez la maravilla”.

Prosiguió un rosario de infortunios, los que menguan la fe y fascinan a los caza-desgracias. Muslera honró a Gordon Banks para desenterrar un cabezazo de Lozano, Jiménez entregó a Muslera su primer penalti vestido de verde y la pirueta de Víctor Guzmán retozó sobre el travesaño, previo arañazo de Muslera. Las gradas del NGR comenzaron a vaciarse antes de la orden final de Elfath, una rareza. Ni los electroshocks de Lainez, un cometa que apunta a supernova, revitalizaron a la Selección. ‘La Celeste’ pernoctó con mate en mano mientras los minutos escurrían. Muslera fue Mazurkiewicz; Suárez, él mismo; y México, también. ‘La nueva era’ comenzó como terminó la anterior: en pesadumbre y manos en la cabeza.

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